“No se olviden de pausar y reiniciar”. Jim Cauthon - Transcripción

Hay dos cosas que yo sé de ustedes y dos cosas que ustedes saben de mí. La primera es que todos queremos servir a Jehová de un modo que él apruebe. La segunda es que queremos ser felices. ¿Verdad que sí? Bueno, el primer punto no tiene ninguna complicación porque ustedes ya han pasado cinco meses estudiando, ya han analizado la Biblia y saben lo que Jehová espera, lo que quiere. Ahora están preparados para hacerlo. Pero el segundo punto puede ser un poco más complejo. ¿Por qué lo digo? La felicidad a veces es ilógica. Todos conocemos personas que tienen lo que hace falta para ser felices, pero no lo son. Por otra parte, conocemos personas que tienen muchos, muchísimos problemas, pero parece que irradian felicidad. Eso nos muestra que la felicidad no depende de las cosas, de las circunstancias ni de las personas. ¿Por qué no? Porque la verdadera felicidad no es una meta, es un resultado. Pero ¿un resultado de qué? La respuesta se escribió hace mucho tiempo. Abran sus biblias, por favor, en Deuteronomio, capítulo 16. Jehová quería que los israelitas celebraran tres fiestas anuales, y aquí se habla de una de ellas. En el versículo 15, él les dijo lo siguiente: “Siete días celebrarás la fiesta a Jehová tu Dios en el lugar que Jehová escoja, porque Jehová tu Dios te bend Y Jehová lo sabe, pero también sabe que es precisamente en momentos de crisis cuando más nos ayuda ser agradecidos. La gratitud nos recuerda que nuestro Creador nos quiere y que le importamos. Nos recuerda que Dios es bueno con nosotros hasta cuando pasamos por los peores momentos de la vida. La gratitud no elimina el sufrimiento, pero puede sanar. La gratitud no acaba con la angustia, pero tiene el poder de infundir esperanza. La gratitud anula la actitud negativa. “El gozo de Jehová” puede ser nuestra “plaza fuerte”. Pero depende de nosotros. Porque la gratitud es más que un simple sentimiento, hermanos; es un modo de pensar, es una actitud, algo que elegimos. ¿Por qué es algo que elegimos? Porque podemos tomar la decisión de enfocarnos en las bendiciones en vez de en las adversidades. A Jehová se le llama el “Dios feliz”, y él nos da la receta para que seamos felices también. Parte de esa receta se encuentra en el Salmo 143. Veamos lo que dice, en Salmo 143:5. Allí David escribió: “He recordado días de mucho tiempo atrás; he meditado en toda tu actividad; de buena gana me mantuve intensamente interesado en la obra de tus propias manos”. ¿Cuál es el punto? El salmista nos dice que de vez en cuando necesitamos detenernos y darle al botón de pausa. Tenemos que dedicar tiempo a observar lo que nos rodea. Jehová ha llenado el mundo de pequeños detalles, de pequeñas gemas, que cada día nos recuerdan su bondad, su poder, pero sobre todo, el amor que siente por nosotros. Lo único que tenemos que hacer es apartar tiempo para fijarnos en ellas. Estamos rodeados de la bondad de Dios. Así que pausemos de vez en cuando. Detengámonos para valorar lo que Dios nos da cada día. Admiremos la abundancia y la diversidad de la vida. Meditemos y reflexionemos en todas las obras del Dios verdadero. Llenémonos de la grandeza del universo en una noche estrellada. No hay un amanecer idéntico a otro ni un atardecer que sea igual a otro. Miremos arriba, a las nubes. Observaremos que están en constante cambio. Nunca habremos visto nada exactamente igual ni lo volveremos a ver. Lo que sintamos será un placer para el alma. Como ese botón de reinicio. Los ojos solo ven imágenes, los oídos solo oyen sonidos, pero un corazón lleno de gratitud capta el sentido. Percibimos que Jehová creó todas esas cosas y nos las dio como un regalo. Quería que cada día fuera un regalo muy especial, único. ¿Por qué razón? Para que la vida sin fin no fuera solo especial, sino asombrosa, magnífica, una fuente de felicidad constante. Conectar con la creación de Jehová nos ayuda a deshacernos de la ansiedad. Dirige nuestra atención a algo seguro, permanente, a algo más que nosotros. Nos ayuda a aceptar las incertidumbres de la vida al darnos la seguridad de que formamos parte de algo más grande, algo eterno, sumamente importante e inmenso. Así es, somos parte del propósito de Dios. La gratitud es importante no solo porque nos ayuda a sentirnos bien, sino porque nos motiva a hacer el bien. Un espíritu agradecido nos ayudará a amar más, a perdonar más, a tener más empatía y a ser más considerados. La gratitud es un terreno fértil en el que florece la felicidad. Abramos el corazón para percibir las bendiciones que nos rodean. Expresemos nuestra gratitud, que fluya desde nuestro interior hacia los demás. Así, nada sino gozosos llegaremos a estar. Y ese gozo se notará en nuestra sonrisa, en la mirada, en los gestos, en nuestras palabras. ¿Por qué? Porque la gratitud es la capacidad de ver la vida no como una prueba, sino como un regalo. Trazará el camino en nuestra relación con los demás: en la familia, en el matrimonio, en el trabajo y hasta en el ministerio. Hará que seamos una influencia positiva en la vida de quienes nos rodean. Nos liberará de las cadenas de creernos el centro del universo y reemplazará el espíritu de crítica con sentimientos de agradecimiento. De modo que adquiramos la costumbre de pausar y reflexionar en lo que Jehová nos ha dado. Dejemos descansar a los aparatos electrónicos. Salgamos a caminar al aire libre no solo para ver el paisaje, sino para pausar y percibir, para contar todas las bendiciones que recibimos cada día. Si lo hacemos, será más fácil enfrentarnos a las pruebas y el estrés de la vida. Con cada pensamiento de gratitud estaremos un paso más cerca de alcanzar la paz mental, la paz interior. Así que no lo olviden: hay que pausar y reflexionar.

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