“¿Quién soy yo para que me hayan invitado a la Escuela de Galaad?”. Patrick LaFranca- Transcripción

Qué buena pregunta, ¿no creen? La verdad es que hay relativamente pocos hermanos que han tenido la oportunidad de asistir. Entonces, ¿por qué ustedes? ¿Fue porque son más inteligentes o más apuestos que el resto de siervos de Jehová? No. .. Fue por sus cualidades espirituales. Y la más destacada es la humildad. Han demostrado ser humildes. Pero mantenerse humildes es un gran reto, no solo para ustedes, sino para todos los cristianos. Todos hemos heredado la tendencia a creernos superiores a los demás. Pensemos en Adán y Eva. Su arrogancia hizo que quisieran ponerse al nivel de Jehová. Parece que olvidaron que eran seres formados de polvo. Así que todos tenemos que luchar contra el orgullo. La humildad no es fácil de conservar. Tan pronto como creemos que somos humildes, ya hemos caído en el orgullo. Pero Jehová nos ayuda. La Biblia contiene muchos ejemplos de personas que no perdieron su humildad. Una de ellas fue David. Analicemos algunos detalles de su vida y veamos si consiguió mantenerse humilde. Para empezar, ¿era un joven humilde? Seguro que recuerdan que Jehová dirigió al profeta Samuel a la casa de Jesé para ungir a uno de sus hijos como el futuro rey de Israel. Al llegar, estaban allí siete de sus hijos, pero Samuel no eligió a ninguno de ellos. Así que le preguntó: “¿Estos son todos tus hijos?”. “No, tengo otro más, David, que está cuidando a las ovejas en el campo”. Así que llamaron al joven David, y Samuel lo ungió para ser el futuro rey de Israel. Es muy posible que David se sorprendiera de recibir aquel honor tan grande. Pero ¿se volvió orgulloso? ¿Cómo hubiera tratado a sus hermanos, todos mayores que él, si se hubiera creído superior? Bueno, le podría haber dicho a Eliab: “Parece que has bajado de categoría. .. Más te vale que empieces a respetarme”. Y a Abinadab: “Ahora te toca a ti ir al campo con las ovejas. Yo tengo tareas más importantes que hacer, tengo que aprender a ser rey”. ¿O acaso trataría por todos los medios de formar parte de la corte real? En absoluto. No hay ningún indicio de que David pensara de esa forma. Confió en que Jehová le daría esos privilegios con el tiempo. ¿Qué aprendemos? Puede que en el futuro reciban más responsabilidades, pero tendrán que esperar. Como David, regresen al campo y cuiden de las ovejas, por decirlo así. Después de un tiempo, mientras David seguía con sus tareas, ¿recuerdan qué ocurrió? Un ayudante del rey Saúl recomendó que David sirviera en la corte. Leamos lo que dijo de él en 1 Samuel 16:18: “Y uno de los servidores procedió a contestar y decir: ‘¡Mira! He visto que un hijo de Jesé el betlemita es diestro en tocar, y es un hombre valiente y poderoso y hombre de guerra y persona que habla con inteligencia y hombre bien formado, y Jehová está con él’”. ¡Qué buenas referencias dio! Así que David pasó de ser pastor a músico en la corte real. Pero luego recibió otras responsabilidades. En el versículo 21, parte b, dice que llegó a ser escudero de Saúl. Y, con el tiempo, logró muchas hazañas en la guerra. Se hizo famoso, y las mujeres cantaban sobre sus victorias. Era famoso, apuesto, joven, tenía don de palabra, habilidades musicales, destrezas militares, el favor de Dios. .. lo tenía todo. Y podía haberse vuelto orgulloso y arrogante por cualquiera de esas cosas, pero parece que no fue así. Fíjense en su reacción cuando el rey Saúl le ofreció a su hija en matrimonio. Lo encontramos en 1 Samuel 18:18. Ahí dice: “Ante esto, David dijo a Saúl: ‘¿Quién soy yo y quiénes son mis parientes, la familia de mi padre, en Israel, para que yo llegue a ser yerno del rey?’”. La verdad es que ser familia del rey podría haber hecho que se creyera alguien importante, pero las palabras “quién soy yo” nos impresionan. David se sentía indigno de formar parte de la familia real. ¿Extraemos alguna lección de esto? Bueno, puede ser que trabajemos o estemos en contacto con hermanos que ocupan puestos de responsabilidad en la organización de Dios. ¿Sacamos a relucir sus nombres cuando conversamos con otros, quizás para parecer más importantes? Ahora pasemos a otra etapa de la vida de David. Es el rey de Israel y vive en el palacio real en la capital, Jerusalén. Pero se siente un poco avergonzado porque él tiene un gran palacio mientras que el arca de Jehová, el verdadero Rey de Israel, está en una tienda. Así que le dice al profeta Natán: “Quiero construirle a Jehová una casa digna, un templo”. Pero Jehová le dice: “No, tú no lo harás; lo construirá uno de tus hijos”. Entonces, Jehová hace algo que sorprende mucho a David. Le promete: “En lugar de construir tú una casa para mí, yo lo haré para ti”. Y hace un pacto con David para que el linaje real permanezca en su familia para siempre. ¿Cómo reacciona David? Por favor, abran sus biblias en 1 Crónicas 17:16-18. Ahí dice: “Después de aquello el rey David entró y se sentó delante de Jehová y dijo: ‘¿Quién soy yo, oh Jehová Dios, y qué es mi casa para que me hayas traído hasta aquí? Como si esto fuera cosa pequeña a tus ojos, oh Dios, sin embargo hablas respecto de la casa de tu siervo hasta en un tiempo del futuro lejano, y me has mirado conforme a la oportunidad del hombre que va en ascenso, oh Jehová Dios. ¿Qué más podría decirte David respecto a honrar a tu siervo, cuando tú mismo conoces bien a tu siervo?’”. David se conmueve con esta maravillosa promesa y se sienta humildemente ante Jehová pensando que él es insignificante y que no la merece. Tiempo después, David hace una contribución muy generosa para la construcción del templo, que a día de hoy equivaldría a más de 1.200.000.000 de dólares. Luego, le dice a Jehová en oración lo que se registra en 1 Crónicas 29:14: “Y sin embargo, ¿quién soy yo [...]? Porque todo proviene de ti, y de tu propia mano te hemos dado”. ¡Qué actitud tan humilde! Tenía razón, ¿verdad? Sea lo que sea que le demos a Jehová, él nos lo ha dado primero a nosotros. Entendemos perfectamente que Jehová amara tanto a David. Era un hombre muy agradable a sus ojos. ¿Qué podemos hacer nosotros para cultivar y mantener una actitud tan humilde como la de David? No basta con decir: “Estoy resuelto a ser humilde”. Hay que actuar como él. De vez en cuando, debemos sentarnos, meditar en nuestra vida y pensar en todas las bendiciones que hemos recibido y en todas las cosas buenas que Jehová nos ha dado sin merecerlas. Meditemos en la grandeza de nuestro Dios. Y, cuando lo hagamos, nos veremos impulsados a decirle: “¿Quién soy yo, oh Jehová Dios, para que me hayas concedido el honor de ser colaborador tuyo a pesar de mis muchas faltas? ¿Quién soy yo, Jehová, para que me hayas dado salud y fuerzas para llevar a cabo la labor que me has dado? ¿Quién soy yo, oh Dios, para tener esta oportunidad especial de servirte a pesar de que hay muchos que la merecen más que yo?”. Evidentemente, está bien sentirnos orgullosos de ser siervos de Dios, pero está mal ser orgullosos y creernos mejores que otros. Si vemos a los demás como inferiores, no lograremos ver que Jehová es superior a nosotros. Justo ese es el secreto para mantenernos humildes: tener claro quiénes somos y poner a Jehová enfrente de nosotros todo el tiempo, tal como hizo David. Así que, estudiantes, confiamos en que tendrán siempre delante de sus ojos a nuestro magnífico Dios, y que él los usará y los bendecirá mucho más de lo que los ha bendecido en el día de su graduación. No sé a ustedes, pero a mí me gustó enterarme de quién dijo: “¿Quién soy yo, oh Jehová Dios?”. ¡Fue David! Siempre se aprende algo nuevo. Ahora, el hermano James Cauthon, uno de los instructores de las escuelas teocráticas, nos presentará el discurso titulado: “Cuerdas simpáticas”. Imagínense que tienen el dinero para hacer un regalo caro a todas las personas importantes de su vida. ¿Saben qué ocurriría? Que estarían muy contentas. Pero ustedes lo estarían mucho más, porque Jesús dijo que hay más felicidad en dar que en recibir. De hecho, les pueden dar a otros algo muy especial, algo que necesitan mucho y que a ustedes no les costará ningún dinero. ¿A qué me refiero? A su atención. En Romanos 12:15, el apóstol Pablo escribió lo siguiente: “Regocíjense con los que se regocijan; lloren con los que lloran”. Tenemos que aprender a entender a los demás y sentir su alegría o su tristeza. ¿Por qué? Bueno, porque vivimos en “tiempos críticos, difíciles de manejar”. Por eso, podríamos resumir la expresión “lloren con los que lloran” en dos palabras: “Demuestren empatía”. ¿Por qué deberíamos hacerlo? Bueno, si volvemos a Romanos 12, ahora en el versículo 5, veremos la respuesta. Pablo escribió: “Así nosotros, aunque muchos, somos un solo cuerpo en unión con Cristo, pero miembros que pertenecemos individualmente unos a otros”. Es cierto que estas palabras se escribieron para los que forman parte del nuevo pacto, pero en realidad todos los siervos de Jehová nos pertenecemos unos a otros. Es interesante saber que en las Escrituras Griegas Cristianas se nos dice unas cincuenta veces que hagamos cosas unos por otros: ámense unos a otros, anímense unos a otros, motívense unos a otros, oren unos por otros, etcétera. La Atalaya dijo esto: “Debemos compartir las alegrías de nuestros hermanos, pero también ser sensibles a su dolor. Algo que puede aliviar a un hermano que se siente afligido es escucharlo con paciencia y ponerse en su lugar”. Así que mostrar empatía significa ponerse en el lugar de la otra persona y sentir su dolor. También se puede traducir como “compartir sentimientos” o incluso “compadecerse”. Y es justo en los momentos críticos y angustiosos en los que más nos necesitamos unos a otros. Entonces, ¿cómo mostramos nuestro interés por los demás? Es sencillo: escuchando con empatía. Esto se puede comparar con el efecto que crean las cuerdas de ciertos instrumentos musicales llamadas “cuerdas simpáticas” y que realzan el sonido y la armonía. Estos instrumentos tienen cuerdas que no se tocan, pero que reaccionan y vibran cuando se pulsan o golpean otras cuerdas. Por eso se llaman cuerdas simpáticas. En realidad, crean un sonido armónico especial. Suenan como si fueran una sola y el efecto es muy bonito. Este fenómeno se puede demostrar con dos diapasones, unos instrumentos con forma de horquilla. El primero reacciona al ser golpeado, y el segundo, aunque no se golpea, reacciona a las vibraciones del primero. Así que el primer diapasón ya no vibra solo; el segundo reacciona, como las cuerdas simpáticas, y acaban vibrando juntos. Se produce un sonido armónico. Cuando una hermana perdió a un ser querido, dijo: “Llorar fue mi forma de expresar el dolor que sentía en el corazón. Significó mucho para mí que mis amigos vinieran a mi casa y simplemente lloraran conmigo”. Sin duda, estaban unidos, en armonía, y ella lo sintió. Aunque es cierto que no es lo mismo compartir alegrías que escuchar con empatía el dolor de otros, ya que esto puede agotarnos emocionalmente y consumirnos tiempo. Como se ve en el ejemplo, aunque quitemos el primer diapasón, el segundo sigue vibrando. Por eso, nos guste o no, la forma en la que tratamos a nuestros hermanos revelará qué tenemos en el corazón. Volviendo a Romanos, leamos ahora Romanos 12:10. Ahí dice: “En amor fraternal ténganse tierno cariño unos a otros”. Escuchar a los demás es una muestra sencilla de cariño. Pero lo que ocurre a menudo es que estamos tan ocupados arreglando nuestros asuntos que nos parece que no tenemos tiempo para escuchar a otros o para ponernos en su lugar. A veces también estamos tan inmersos en nuestros problemas que nos olvidamos de los demás. La autocompasión hace que no mostremos empatía. Y, honestamente, debemos tener cuidado, porque a veces podemos pensar que tenemos que solucionar el problema de la persona justo en ese momento, así que decimos cosas que no la ayudan: “Tienes que ser más fuerte”. O algo peor: “Esto ya les ha pasado a otros, ahora te toca a ti”. O quizás hagamos comparaciones: “Por lo menos tú puedes caminar”. Tal vez no digamos estas cosas con mala intención, pero ¿qué mensaje estamos transmitiendo? Bueno, le estamos quitando importancia a la situación. En otras palabras, le estamos diciendo a la persona “no me importas” o “me importas poco”. Job intentó explicarles 10 veces a sus supuestos amigos cómo se sentía. Y después exclamó: “¡Ojalá que alguien me escuchara!”. En vez de consolarlo, hicieron que se sintiera aún más herido y triste porque no lo escucharon. ¡Qué lástima! No les importaba ni se preocuparon por entender cómo se sentía. Lo acallaron. ¿Es posible que caigamos en el mismo error? Eso sería una pena. Si queremos compartir el dolor y la tristeza de otra persona, tenemos que estar dispuestos a escucharla, a tomarnos el tiempo necesario y a preocuparnos más por ella que por nosotros mismos. Tenemos que aprender a ponernos a un lado. Romanos 12:10 sigue diciendo: “En cuanto a mostrarse honra unos a otros, lleven la delantera”. Mostraremos honra a los demás si no los juzgamos, si los tomamos en serio y si les prestamos atención sincera escuchando lo que dicen y percibiendo cómo se sienten. Este punto es importante: nuestra relación con Jehová y nuestra relación con los hermanos son la misma cosa. Voy a repetir esa idea: nuestra relación con Jehová y nuestra relación con los hermanos son la misma cosa. A Jehová le importa mucho cómo tratamos a los demás. Quiere que se conozca a su pueblo principalmente por el amor que nos mostramos. Así que no olviden que el mejor regalo que pueden hacerles a los demás es preocuparse por ellos con empatía. De esa forma, les demostrarán su amor y contribuirán a que haya armonía entre todos.

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